lunes, 19 de julio de 2021

Parténope y el gavilán pescador

Cuenta la leyenda que Partépone siempre andaba saliéndose del mar para sentarse en las rocas a pensar. Se entretenía mirando las gaviotas por ese cielo que tanto le gustaba respirar. Sentía la brisa y contemplaba a escondidas las risas de otras jóvenes humanas jugando en la playa. Pero a ella, nunca le salía la sonrisa. Anhelaba poder jugar en la arena y poder ver más allá del horizonte, allí por donde el sol se escondía cada día. 

-¿Qué será lo que hay detrás de aquellas montañas?- pensaba la curiosa Partépone y se andaba enredando tanto con sus propios pensamientos que hasta se le olvidaba ir al colegio. Así que mientras Partépone lamentaba sus desdichas en las rocas, las demás sirenas aprendían lecciones.

Por allí volando entre las gaviotas, andaba un gavilán pescador al acecho de jugosas presas. Este se fijó en Partépone. La veía vulnerable y abatida, así que se acercó hasta ella en vuelo elegante y con ojos de hambre;  y probó a darle conversación para ver si conseguía que le diera a cambio algún premio suculento. A Partépone le agradó su interesante conversación porque el gavilán había volado más allá del sol y ella le preguntaba curiosa, inocente, por todas aquellas cosas que anhelaba conocer.

-Yo tengo un libro de pócimas y hechizos donde aparece un conjuro que haría convertirte en una sirena con alas- le dijo el gavilán a Partépone con una voz tan sosegada que parecía más bien susurro. Resultaba que el gavilán, además de ser pescador, guardaba en secreto, que también era brujo.

-¡Oh, Gavilán! ¡Qué alegría me das! ¿Me podrías ayudar? Ya te conté mil veces que yo siempre quise tener alas para poder volar y descubrir las cosas bellas del mundo que yo no puedo alcanzar.

-¡Está bien pequeña sirena!-le dijo Gavilán muy interesado-. Esto no es algo muy profesional, para un gavilán pescador como yo, pero si insistes en que te ayude...

Entonces, el gavilán esbozó una sonrisa lisonjera y con encorbatado pecho henchido, recitó el encantamiento a la  cándida sirena. Pero no fueron alas lo que le saldrían a la pobre Partépone ya que, mientras que recitaba los versos, el muy charrán, se alzó en un batir de alas violento y antes de que Partépone pudiera gritar con su dulce canto de sirena, él la había convertido en un delicioso pez. El astuto gavilán se abalanzó sobre ella con sus larguísimas uñas, desgarrándole la piel tan delicada y se la llevó en un vuelo triunfal a su nido, para regocijarse en su alimento y devorarla sin piedad, ni remordimientos.

Se vio pues, que el astuto Gavilán era más cínico que sabio. Tanto que sabía de magia, pero no supo lo más importante y es que las sirenas tenían un innato poder para renacer y transformarse, sin necesidad de maléficos conjuros. Así que cuando el gavilán lisonjero se daba ya por satisfecho tras darse aquel festín, Partépone renació desde el interior de sus sucias entrañas, irradiando una luz de estrellas tan potente, que destrozó al gavilán desde dentro y pudo salir de su cuerpo, transformada en una hermosa y alada sirena de aire.

Y así fue como Partépone, decidió cambiar el rumbo de su vida y se dirigió hacia aquel horizonte que ella siempre anhelaba conocer, dejándose llevar por el viento cálido y salvaje que había desatado sin saber, aquel pájaro de mal agüero.



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