viernes, 23 de julio de 2021

Poesías de mi Alma

 Danzar

Buscaste en el desván de tus sueños
aquel espejo donde evitabas no mirar
porque te dolía, sí; se te partía el Alma
cada vez que lo mirabas frente a frente.

Ya sólo veías aquel cisne dulce y albo,
tan joven herido, abatido...muerto.
Pero las heridas empezaron a sanar,
empezó a desaparecer tanto dolor
y la muerte, de aquel espejo polvoriento.

Ya no había telarañas en el recuerdo.
El cisne, no sangraba; no lloraba.
En su lugar, había renacido otra cosa:
una mujer viva sostenida por su Alma;
un solo ser entre pechos y espaldas.

Y te viste alzando el vuelo con fuerza
impulsada por él, por ella, por ambas.
Sentiste al fin , el aire danzar en tu piel,
te elevaste al cielo tras un eterno plié.
Ya no veías sólo el dolor en el cuerpo.
La tensión de aquel espíritu helado
se había tornado en eléctrica pasión.

Te mirabas en el espejo y sólo veías
el azul profundo del telón de fondo.
Pero vuelves a mirarte con otros ojos
y el foco de luz se enciende de nuevo
para ti; para dejarte ver tu semblante,
tu porte elegante, tu pasión desbocada
tu fuerza, tu grandeza: sublime belleza.

Volviste a bailar con sutileza
en Compañía de Danzas y Poesía;
volviste a subir al escenario del verso,
volviste a vivir y a soñar tu grandeza.

Mi querida Alma...¡vuelves a vivir!

(C) Lourdes Madueño Valero




lunes, 19 de julio de 2021

Parténope y el gavilán pescador

Cuenta la leyenda que Partépone siempre andaba saliéndose del mar para sentarse en las rocas a pensar. Se entretenía mirando las gaviotas por ese cielo que tanto le gustaba respirar. Sentía la brisa y contemplaba a escondidas las risas de otras jóvenes humanas jugando en la playa. Pero a ella, nunca le salía la sonrisa. Anhelaba poder jugar en la arena y poder ver más allá del horizonte, allí por donde el sol se escondía cada día. 

-¿Qué será lo que hay detrás de aquellas montañas?- pensaba la curiosa Partépone y se andaba enredando tanto con sus propios pensamientos que hasta se le olvidaba ir al colegio. Así que mientras Partépone lamentaba sus desdichas en las rocas, las demás sirenas aprendían lecciones.

Por allí volando entre las gaviotas, andaba un gavilán pescador al acecho de jugosas presas. Este se fijó en Partépone. La veía vulnerable y abatida, así que se acercó hasta ella en vuelo elegante y con ojos de hambre;  y probó a darle conversación para ver si conseguía que le diera a cambio algún premio suculento. A Partépone le agradó su interesante conversación porque el gavilán había volado más allá del sol y ella le preguntaba curiosa, inocente, por todas aquellas cosas que anhelaba conocer.

-Yo tengo un libro de pócimas y hechizos donde aparece un conjuro que haría convertirte en una sirena con alas- le dijo el gavilán a Partépone con una voz tan sosegada que parecía más bien susurro. Resultaba que el gavilán, además de ser pescador, guardaba en secreto, que también era brujo.

-¡Oh, Gavilán! ¡Qué alegría me das! ¿Me podrías ayudar? Ya te conté mil veces que yo siempre quise tener alas para poder volar y descubrir las cosas bellas del mundo que yo no puedo alcanzar.

-¡Está bien pequeña sirena!-le dijo Gavilán muy interesado-. Esto no es algo muy profesional, para un gavilán pescador como yo, pero si insistes en que te ayude...

Entonces, el gavilán esbozó una sonrisa lisonjera y con encorbatado pecho henchido, recitó el encantamiento a la  cándida sirena. Pero no fueron alas lo que le saldrían a la pobre Partépone ya que, mientras que recitaba los versos, el muy charrán, se alzó en un batir de alas violento y antes de que Partépone pudiera gritar con su dulce canto de sirena, él la había convertido en un delicioso pez. El astuto gavilán se abalanzó sobre ella con sus larguísimas uñas, desgarrándole la piel tan delicada y se la llevó en un vuelo triunfal a su nido, para regocijarse en su alimento y devorarla sin piedad, ni remordimientos.

Se vio pues, que el astuto Gavilán era más cínico que sabio. Tanto que sabía de magia, pero no supo lo más importante y es que las sirenas tenían un innato poder para renacer y transformarse, sin necesidad de maléficos conjuros. Así que cuando el gavilán lisonjero se daba ya por satisfecho tras darse aquel festín, Partépone renació desde el interior de sus sucias entrañas, irradiando una luz de estrellas tan potente, que destrozó al gavilán desde dentro y pudo salir de su cuerpo, transformada en una hermosa y alada sirena de aire.

Y así fue como Partépone, decidió cambiar el rumbo de su vida y se dirigió hacia aquel horizonte que ella siempre anhelaba conocer, dejándose llevar por el viento cálido y salvaje que había desatado sin saber, aquel pájaro de mal agüero.



ó




DUELO

Quisiste ignorar a Cronos sin mirar el reloj 

de las cosas importantes y fuiste tragando

una a una, todas las cosas que el corazón soportase.

Tu corazón era tan grande, no, ¡es tan grande!


que tragabas y tragabas sin medir, presuponiendo 

que todo te cabría hasta que un día el corazón 

te empezó a pedir ayuda  porque estabas agotando 

los restos de tu cuerpo, de tanto esforzarte.

Ya no podías digerirlo todo sin más, sin procesar. 

El corazón se quejaba y el alma empezó a llorarte 

todas las cosas que nunca le permitías llorar. 


Le llevaste aquel reloj  para que lo viera desde su celda

para que no se le perdiera el tiempo en su lúcida cabeza 

y sus crucigramas, esa herencia de palabras suya

No hablábamos de nada trascendente -silencio-,

contemplando a  las Parcas escribiendo en la pared.


Nadie quería nombrar a la muerte, por si no venía.


Despedirle, fue lo más triste de todo y a pesar de todo 

fue lo más feliz. Poder verle descansar al final del día. 

Sentarme a su lado y administrarle todo el amor, 

que no sé si le llegué a demostrar lo suficiente, 

por aquella sonda conectada a su cuerpo, 

esperando absorber con ese gesto tanto dolor que  sentía

y me lo quise quedar para mí, ¡todo para mí!, por no verle sufrir.


Lo más difícil, coger su mano de infinita bondad

para dejarle marchar tranquilo y escucharle respirar 

durante los minutos  eternos, tan llenos de verdad

y ver cómo proyectaba su último aliento al cielo, 

entonando una canción de adiós, ¡tan sereno! 


Y luego el silencio...

y ya no poder  preguntarle tantas cosas.

(C) Lou Dana





























  Renglones torcidos Existe, dicen, un ser divino que escribe derecho con los renglones torcidos ¿Y qué es un renglón sino un estrec...