Quisiste ignorar a Cronos sin mirar el reloj
de las cosas importantes y fuiste tragando
una a una, todas las cosas que el corazón soportase.
Tu corazón era tan grande, no, ¡es tan grande!
que tragabas y tragabas sin medir, presuponiendo
que todo te cabría hasta que un día el corazón
te empezó a pedir ayuda porque estabas agotando
los restos de tu cuerpo, de tanto esforzarte.
Ya no podías digerirlo todo sin más, sin procesar.
El corazón se quejaba y el alma empezó a llorarte
todas las cosas que nunca le permitías llorar.
Le llevaste aquel reloj para que lo viera desde su celda
para que no se le perdiera el tiempo en su lúcida cabeza
y sus crucigramas, esa herencia de palabras suya
No hablábamos de nada trascendente -silencio-,
contemplando a las Parcas escribiendo en la pared.
Nadie quería nombrar a la muerte, por si no venía.
Despedirle, fue lo más triste de todo y a pesar de todo
fue lo más feliz. Poder verle descansar al final del día.
Sentarme a su lado y administrarle todo el amor,
que no sé si le llegué a demostrar lo suficiente,
por aquella sonda conectada a su cuerpo,
esperando absorber con ese gesto tanto dolor que sentía
y me lo quise quedar para mí, ¡todo para mí!, por no verle sufrir.
Lo más difícil, coger su mano de infinita bondad
para dejarle marchar tranquilo y escucharle respirar
durante los minutos eternos, tan llenos de verdad
y ver cómo proyectaba su último aliento al cielo,
entonando una canción de adiós, ¡tan sereno!
Y luego el silencio...
y ya no poder preguntarle tantas cosas.
(C) Lou Dana

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